Empacar se vuelve un acto mecánico: doblar la ropa, guardar los libros, envolver con cuidado y esmero los objetos más frágiles. Todo cabe en cajas, en maletas, en bolsas que se expanden para abarcar una vida entera. Luego, el viaje.
El nuevo hogar se alza frente a ti. Pisas el umbral, recorres los pasillos, rozas con los dedos las paredes blancas. Pero algo está mal: no sientes nada. La pintura es fría, la habitación te es ajena. Intentas aferrarte, clavar las uñas en la idea de pertenencia. Pero la casa se deshace en tus manos, como si fuera humo lo que manipularas.
Tengo 14 años de experiencia en mudanzas. A lo largo de mi vida llevo: 1 pueblo, 2 ciudades, 16 mudanzas y 9 colegios. Lo que se resume en 17 nuevos comienzos y 9 primeros días (y contando). Es difícil contestar a la pregunta: “¿Y por qué te mudas tanto?” Las razones vienen desde un novio agresivo hasta la demora de un pago. Y es que ¿cómo resumir años de movimiento en una sola frase? Hay mudanzas que parecen aventuras y otras que son huidas disfrazadas.
Con tanto movimiento una aprende a cargar solo lo necesario. Por un tiempo me empeñé en decorar cada habitación que tenía, paredes cubiertas con dibujos, luces enredadas en las esquinas. Pero conforme se iban acumulando las mudanzas y cuando fueron cada vez más frecuentes, entendí que lo que se adorna demasiado es difícil de desarmar. Y desarmar algo propio duele más que nunca haberlo hecho tuyo. Así que ahora opto por un estilo minimalista.
Desprenderse siempre será complicado, pero si soy sincera, el momento donde el desapego pega más no es empacar, ni partir, ni llegar. Es ese instante en el que la casa se vuelve humo, se desvanece y deja de ser un hogar. Es ahí donde pesa más: no es el viaje, sino la certeza de que, al cerrar la puerta, esa casa se vuelve un punto más en la lista, un recuerdo borroso, un hogar efímero, solo otra casa de humo.