Sonidos de pájaros sonando en mi ventana me hacen saber que el día ha comenzado. Me despierto, me arreglo los pelos despeinados, me alisto y preparo, sin saber que una noticia de algo esperado me hará comenzar un nuevo año.
Pensando en comida me dirijo hacia la cocina y pienso con qué voy a alegrar a mi estómago. Preparando mi manjar escucho a mi mamá gritarme: ¡Juan! Me dirijo a donde se encuentra ella y me cuenta que, después de cinco años de espera, me admitieron en Comfenalco. Me preguntó si me gustaría hacer la entrevista para entrar a esta nueva institución; sin saber qué hacer, pensando en mis amigos de ese momento, decidí embarcarme en esta nueva experiencia.
El día que comencé estaba solo como un champiñón. Estaba triste por no ser tan sociable y tener dificultades para hacer amigos; lágrimas salieron de mis ojos como si de cascadas se tratara. Angustiado por pensar en mis antiguos amigos y en cómo me sentiría si me quedase solo, mis compañeros me tranquilizaron, diciendo que no me preocupara, que como era el primer día era normal. Pero, según pasara el tiempo, todo iba a mejorar.
Y tenían razón, puesto que el mismo día socialicé más. Con una sonrisa en la cara y sonidos de risas comprendí que en la vida el que no arriesga no gana, y que en la vida siempre habrá nuevas experiencias.