La Herencia

Un indio aymara, directivo de una cadena radial en Bolivia, me contó cómo fue su primera lección de ética. La recibió en su casa cuando su padre, un indio analfabeta que sostenía su familia con el cultivo de la tierra, un día le dijo lo que para él era la justicia. "Justicia es que si en casa somos diez, haya diez panes en la mesa. Si hay ocho o doce, eso es injusticia". Era su manera de expresar que hay orden cuando a cada uno se le da lo suyo y que el quebrantamiento de ese orden es lo que no debe ser.

De mi padre recibí muchas lecciones de ética, pero la primera debió ser la de aquel día en que llegué a casa con una revista de aventuras dibujadas, que había tomado al escondido. 

-¿De quién es esa revista? -me preguntó mientras la hojeaba.

-De la tienda de revistas -le dije.

-Y usted ¿por qué la tiene?

-La traje para leerla -le respondí, tratando de hacer pasar como natural lo que evidentemente era un robo. Sin embargo él se negaba a creer que un hijo suyo hubiera robado una revista.

-Y usted, ¿pidió permiso para traerla?

Habría podido decirle que sí, pero había algo en ese viejo carpintero que me impedía mentirle. Hoy siento que era tal el peso moral de mi padre que me era imposible mentir en su presencia, así que le dije:

-No pedí permiso, señor.

-Usted sabe -me dijo severo- que no se debe coger lo que no es de uno. Eso que usted ha hecho se llama robo y el que roba es un ladrón. ¿Quiere que siempre lo llamen así? Y no se ponga a llorar porque ya mismo nos vamos a devolverle esa revista a su dueño.

Fue una gran vergüenza y una inolvidable lección. La ética no se aprende con discursos sino con hechos concretos y los primeros maestros de ética son los padres. No es una enseñanza que se transmite con regaños, sino con ejemplo. Hoy reconozco que esa sobrecogedora estatura moral de mi padre provenía de ser un ejemplo intachable.

Estos dos episodios, el del indio aymara y el de mi padre, me han dejado en claro qué es y qué no es la ética.

Es un modo de ser, y no una colección de normas. Nace de un mandato interior y no de una presión desde afuera. La ética se vive como una convicción y no como una formalidad impuesta por las conveniencias, por alguna autoridad o por el miedo.

El indio aymara no lo había aprendido en libros, ni en la escuela, lo llevaba consigo de la misma manera que uno sabe qué es lo que lo hace feliz y qué lo hace sentir desgraciado. Había padecido con la injusticia, y había disfrutado el trato justo; mi padre estaba convencido de que deben respetarse los bienes ajenos porque conocía muy bien la amargura de que alguien dejara de pagarle lo que le debía por su trabajo, y también había disfrutado la alegría interior de ser y parecer un hombre honrado.

Esas experiencias acumuladas crean la sabiduría, que es producto de la experiencia de vivir, y la ética es eso: la sabiduría que atesora el que ha vivido mucho y bien.

Esa sabiduría es la que se recibe en el hogar. Lo que allí se aprende o desaprende queda como una marca para toda la vida; lo que deja de aprenderse, o lo malo que allí se recibe apenas si lo podrá alterar la vida después del hogar. Los padres, por eso, siguen viviendo en todo lo bueno y ejemplar de sus hijos, o en todo lo sórdido y dañino que ellos lleven a cabo.

Con mucha razón una de las alegrías más profundas de los padres es el triunfo de sus hijos cuando se destacan como seres humanos buenos que hacen mejor la vida de la sociedad. Contrasta con eso la desilusión y la amargura de ver la mediocridad, la inutilidad o, peor aún, la maldad del hijo destruido por la corrupción.

Cuando sucede lo uno o lo otro se puede entender lo que la ética hace de una persona.

En efecto, ser ético no es solamente no robar, no matar o no hacer daño, eso es lo mínimo que se puede esperar de una persona. Ser ético es mucho más que eso. Recuerdo ahora a esas personas que siempre están en plan de progresar y de ayudar a la gente; nunca están quietos porque los días les parecen cortos para las muchas tareas que quieren llevar a cabo.    Digo que estos son los seres humanos éticos porque obedecen al impulso con que todos nacemos, de ser hoy mejores que ayer, y de ser mañana, mejores que hoy. El ser humano nació para eso: para ser todos los días mejor y para no descansar en su búsqueda de la excelencia. Eso es lo ético: la respuesta a la vocación de ser excelentes.

Lo no ético, en cambio, es la mediocridad; estar satisfecho con lo que uno es, creer que con lo hecho basta. El mediocre y contento consigo mismo llega a ser una carga para la familia y para la sociedad. Es un peso muerto.

Si algo tiene que agradecer uno a sus padres y a su hogar no es que le hayan dejado dinero, o fincas, o propiedades o un apellido. Esas herencias no hacen a nadie un mejor ser humano. Pero si le dejan a uno la ambición de ser excelente como persona y como profesional, esa sí es la herencia que nunca se agota y que da felicidad. Esa idea y entusiasmo por ser mejores es la más clara expresión de la ética y la más rica herencia que uno puede dejarles a los hijos y al mundo.



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