Por los caminos de la sonrisa

Pudo ser un gran futbolista o quedarse viviendo en otro país o dedicarse a su consultorio odontológico, pero este quindiano por adopción decidió, desde el año pasado, ser feliz. En una bicicleta y acompañado de Atena —su fiel compañera, de raza pitbull—, ha recorrido media Colombia para enseñarles a quienes lo necesiten cómo mejorar su higiene oral. Ahora Pablo Abril ambiciona hacer lo mismo por toda Suramérica.

Atena llegó a su vida hace nueve años. Cuando la vio junto a su madre y los demás recién nacidos, no fue difícil saber que ella era la indicada. Supo que era ella y ninguna más. Desde ese momento la adoptó, le puso nombre de diosa griega y se prometió a sí mismo nunca abandonarla. Unidos han pasado por las buenas y las malas, y en plena pandemia emprendieron juntos un viaje desde Armenia hasta Punta Gallinas, en La Guajira, para ser felices y aportar a que otros también lo sean.

Llegar a ese momento de desprendimiento —dejar el trabajo en Armenia, emplear los ahorros en hacer un pequeño remolque para Atena, empacar unos cuantos cepillos dentales y unas cremas de dientes, treparse en una bicicleta, pedalear mil ochocientos kilómetros hasta el rincón más al norte de Colombia, y entender que la odontología, antes que una profesión para lucrarse, es una manera de aliviar el dolor y generar sonrisas— fue un largo proceso, el resultado de 34 años de vivir intensamente.

Pablo Emanuel Abril Quintero nació en Moniquirá, un pueblo de Boyacá en la frontera con Santander, pero se considera quindiano por adopción… ¿Y cómo no?: cuando tenía dos años, sus padres, Pablo y Jakeline, en busca de oportunidades, se vinieron a vivir a Armenia, al conjunto Los Quimbayas, y tiempo después se mudaron a El Retiro. En paralelo con sus clases en el colegio Jorge Isaacs, jugaba fútbol.

por los caminos de la sonrisa

Entrenaba duro, fue parte de algunas selecciones Quindío, jugo en la Primera C y, luego, con la reserva del Chicó FC. Lo hacía tan bien que quienes creyeron en su talento se lo llevaron para España, a hacer unas pruebas con el Barcelona. Su futuro como futbolista iba por buen camino, pero este se truncó por asuntos de visado: cuando quiso regresar a Europa, ya era mayor de edad; no era un jugador juvenil sino amateur, y no había una plaza de extranjero para él. Sin embargo, insistió y se quedó en el Viejo Continente hasta los 23 años.

En ese tiempo, en el que tuvo diversos trabajos para poder costearse la estadía, como él mismo acepta, se desvió del camino deportivo. Regresó al Quindío decidido a estudiar. Escogió la odontología, en parte porque su hermana, Ányela, estudiaba medicina, y en parte porque quería una profesión «lucrativa». Ingresó a la Universidad Antonio Nariño, los primeros años los pasó en la sede de Armenia y luego pasó a la de Ibagué, donde hizo los cursos prácticos del pénsum.

En las vacaciones, para ganar unos pesos, trabajó en Bogotá y en Villavicencio, en esta última repartió volantes, vendió muebles, fue profesor de deportes. Estaba a gusto con la carrera escogida, pero en las clases soñaba despierto con combinar su profesión con su pasión por viajar, no se veía cómodo en un consultorio. Eso no iba con su estilo de vida, más movido, con más acción, con más cercanía e impacto social….

Cuando se graduó consiguió trabajo como odontólogo del Batallón de Ingenieros Militares n.o15, ubicado en Istmina, a dos horas de Quibdó. Estando en esa región vio y vivió de cerca las necesidades de la gente, la pobreza, la falta de recursos. «Allí me llené de buenas energías, de abrazos verdaderos», afirma, y por eso, cuando volvió a Armenia para tener su propio consultorio, no abandonó la idea de regresar a esas regiones, apartadas del progreso, a tender una mano. Fue la pandemia, la quietud de la cuarentena, lo que le ayudó a tomar la decisión de materializar ese proyecto que ya había ideado desde la universidad: El Camino de la Sonrisa.

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«Siempre he sido deportista, me gusta nadar, jugar fútbol, montar en bicicleta». Sabía que podía recorrer el país pedaleando, pero no quería dejar de nuevo en casa de sus padres a Atena, como lo hizo cuando se fue para el Tolima y el Chocó. Por eso le proporcionó un remolque y arrancó su odisea: Medellín, Montería, San Antero. En este pueblo, gracias a una señora que le dio efusivamente las gracias por lo que estaba haciendo —darles a los pobladores cepillos, cremas dentales y charlas de higiene oral, de cómo mantener esos buenos hábitos, y qué hacer cuando no se tienen los utensilios necesarios—, entendió aun más que su proyecto era serio, necesario, que requería solidez y apoyo.

En Riohacha debió dejar la bicicleta. Por cuestiones de dinero y terreno no era posible llegar en ella a Punta Gallinas. Karime Mejía, una quindiana que vive allí, lo ayudó a encontrar el patrocinio. La empresa turística Eco Guajira asumió el traslado en camionetas y en lancha. El encuentro con los wayú fue perturbador y gratificante: por un lado, encontrarse en el camino con niños y adultos pidiendo agua, y, por el otro, saber que con sus charlas, sus consejos, sus regalos aportó algo para la salud y bienestar de tantos que no tienen un odontólogo, que no tienen acceso a un cepillo de dientes ni a una crema dental.

Pablo y Atena regresaron a Armenia montados en camiones, con la confianza de que cada una de las personas que participó en sus talleres será un multiplicador de ese conocimiento en sus regiones. Y ahora sueña, trabaja para emprender su segunda travesía: Ecuador, Perú, Brasil, Venezuela, Bolivia, Chile. No lo puede hacer en bicicleta —él no tiene pierna para tanto y ella no lo resistiría—. Necesitan patrocinios, recursos y una casa rodante en la que perra y humano puedan vivir y seguir despertando sonrisas.

Conoce más sobre Pablo Abril, encuéntralo en Facebook e Instagram como El camino de la sonrisa o  visita su sitio web: www.elcaminodelasonrisa.com



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