Una pequeña Colombia en Brooklyn

En un exclusivo sector de Brooklyn, en Nueva York, hay un café que, en su decoración, en su ambiente, en sus acentos, en su gastronomía, es una pequeña Colombia. La idea es de Christian Felipe Guzmán, un calarqueño que, con ayuda de su familia, ha recorrido una buena parte del mundo, construyendo ese sueño que ni la pandemia pudo detener. 

Cantando, cantando yo viviré: Colombia, tierra querida… 

Williamsburg es un barrio de Brooklyn, Nueva York, habitado por judíos, alemanes, italianos, puertorriqueños, dominicanos, y frecuentado por hipsters, esa tribu urbana de jóvenes con un estilo de vida alternativo, independientes, artistas, viajeros, modernos y nostálgicos a la vez. No es fácil destacar entre los cientos de bares, restaurantes y locales de diversión que abundan allí para ellos, pero hay uno que desde mayo del año pasado se está ganando la atención con su sabor a pandebono, a arepa de choclo, a empanada de cambray, y con su aroma a café recién tostado, recién molido.

Este coffee roaster se llama Pueblo Querido, pero en el entorno le dicen «little Colombia». A simple vista parece una galería de artesanías nacionales, en la que destacan las mochilas wayú, las vasijas nariñenses, las hamacas de Morroa y los sombreros vueltiaos y aguadeños. Un piso de baldosas con arabescos y figuras geométricas —de los que se encuentran en las antiguas casonas paisas—, un mural de una palenquera cargando sus frutas, así como un viejo pero renovado Willys que cuelga del techo también son parte de ese ambiente en el que suenan porros, cumbias, vallenatos, bambucos, pasillos, reggaes y canciones de Shakira y Carlos Vives.

Cuando un cliente entra a esta cafetería, es posible que vea por allí rondando, diciendo, haciendo, a un latino de 34 años con acento colombiano: él es Christian Felipe Guzmán Herrera, un hombre de mundo que nació en Calarcá, en el hogar de Libaniel —su papá, mecánico—, Blanca Inés —su mamá— y María Patricia —su tía, ambas administradoras de una finca turística en La Tebaida—. Con el apoyo de los tres, y luego de terminar la secundaria en el John Dewey, se fue del Quindío para estudiar Administración de Empresas con énfasis en Banca y Finanzas, en la Javeriana de Cali. Corría el año 2004 y ese sería el inicio de su recorrido por diversas regiones del mundo, en busca de sus sueños.

Cuando estaba en séptimo semestre de su carrera se fue de intercambio a España. En San Sebastián trabajó como impulsador de aguas saborizadas, y así recorrió diversos pueblos del norte de ese país. Luego partió para Australia, en donde se quedó un año aprendiendo inglés. Y de ahí, con un crédito del Icetex, viajó a Chile para hacer durante dos años un máster en Negocios Internacionales. Fue allí, haciendo su tesis, que consistía en crear un modelo de empresa, que se convenció de que su futuro era Estados Unidos. Y allá llegó.

Un sueño construido

Primero se instaló en Memphis, luego en Orlando, y por último en Nueva York. A pesar de sus estudios, no le hizo el quite a los oficios que le ofrecían. Lavó platos, sirvió en banquetes, trabajó en construcción. Seguía con la idea de montar un coffee shop. Del Quindío se había traído cuarenta sacos de café y una máquina tostadora de cinco libras, pero era complicado tomar un lugar en arriendo, las regulaciones no eran pocas y él tenía cero vida crediticia en ese país. Hasta que en 2016 se le dio la posibilidad de ocupar un pequeño local en Greenpoint, un barrio de Brooklyn en el que vive la colonia polaca.

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Parecía un disparate montar un negocio de café colombiano en un barrio de polacos, pero ese ser diferente fue su plus. Al comienzo todo lo hacía él. Su amigo en Calarcá, Julián Salcedo, dueño de La Tertulia Café, le enseñó todo sobre café: cómo tostarlo, molerlo, prepararlo. Dos años después tuvo su primer empleado, un panadero que iba dos veces a la semana a hacer los pandebonos y las empanadas. «Fueron tres años de duro aprendizaje. Mis padres y mi tía, que es como una segunda madre, se endeudaron, pero pude salir adelante y pensar en montar un local más grande, como lo había soñado».

Lo encontró en Williamsburg, a un kilómetro de allí, a 15 o 20 minutos caminando, muy bien ubicado, con una hermosa vista de Manhattan, con un público amigo de consumir alimentos sin gluten —el pandebono y la arepa de choclo no tienen— y de vivir experiencias de culturas diferentes a la suya. Obtuvo el permiso de construcción y ya estaban listas las artesanías, el piso, el Willys —que viajó en contenedor, desde Armenia—. Pero llegó la pandemia, el encierro.

«No podía detener el montaje del local, no había opción, era abrir o abrir. El dueño me dijo que igual tenía que pagar. No había obreros y, para colmo, estuve veinte días con COVID-19, pero los baristas y los panaderos fueron a pintar, a poner el piso, a decorar, y el artista colombiano Juan José Sabogal se dedicó a hacer, durante dos meses, el mural de La palenquera. En mayo, en plena pandemia, abrimos». Fue el boca a boca de la gente del barrio y sus cuentas de Instagram las que fueron dando a conocer este rincón de Colombia en Nueva York.

Christian cuenta ahora con diez empleados, todos colombianos. Los clientes que conocen nuestro país activan sus recuerdos, quienes no lo conocen se antojan de venir. A unos y otros les encanta retratarse al lado de la palenquera o de los sombreros vueltiaos o de la pared que es una galería de fotos de los yipaos que compiten en las Fiestas del Café, en Calarcá. Hace poco, para ganar espacio y espectacularidad, colgó del techo el Willys, ese que le recuerda tanto a su tierra, a su madre, a su tía y a su querido papá, el bigotudo que con un penacho de plumas tricolores es el logo de «little Colombia» y que estampado en vasos llenos de café recorre las calles de Nueva York.



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